sábado, 26 de noviembre de 2016

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No sabía que llegaría este día, después de aquel día cuando yo convencida de que él ya no me quería, decidí, como buen cangrejo, guarecerme en mi caparazón, en silencio como en el fondo de un pozo, algo tan genuino y a la vez tan benevolente, un acto de misericordia hacia mi misma. Un silencio de años, apaleando el sentimiento cuando era sorprendida con la angustia. La historia no ha sido muy justa para ninguno de los dos, la historia ha sido sublime y ha sido un infierno, pero estamos hechos de la piel del otro, de algo que viaja más allá de la frivolidad y la exposición, estamos hechos de la más hermosa esencia que nos pudimos dar, no importa lo que pase, importa el futuro, construirnos en madera fina aunque el pasado aun nos pesa como un presagio amenazante, siempre en el filo de un abismo que nos ha visto caer y caer tantas veces, pero también resucitar de las letras de él, de él que no solo me mira, sino que me re-conoce más allá de mi escasa cordura y mis retorcidos celos; reconoce mis silencios, mis deseos y me reduce a un tiempo seguro para cobijarnos en nosotros como un último equipaje liviano.

Ahora es tiempo, descubrimos nuestro tiempo, cristal fuerte y débil a la vez, historia construida bajo sus letras, en la calmada espera donde la fe toma asiento cómodo y se recuesta, nuestro tiempo sin tregua, aun trepidante en las ojeras del recuerdo, aun sibilante cuando nos arrastramos hacia los labios, pero como el ciego del farol, nos traemos alumbrándonos el camino, somos como mendigos que a fuerza del frío nos entregamos al calor de nuestra historia, no es la mejor del mundo, es la nuestra, la única que quiero vivir porque es con él...   y sin él nada tiene sentido.

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